¿Es posible traducir poesía?

Por Isabel Zapata

 

Carreteras que rodean montañas

porque no podemos 

atravesarlas. 

 

Eso es la poesía 

para mí. 

 

Eileen Myles

 

Abrir esta nota con una pregunta así, seguida por un poema (¡en traducción!) que intenta definir lo que es poesía, puede pasar por una provocación.

Tal vez lo sea.

O tal vez todo poema que merezca ser llamado así es una provocación.

George Steiner define la dificultad de la poesía como el contraste entre un acto de comunicación que toca al oyente en lo más íntimo y a la vez se mantiene opaco y resistente a la inmediatez. Pero si la poesía es difícil, la poesía en traducción es imposible.

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Por involucrar una reinterpretación creativa del original, la traducción literaria es, en principio, una disciplina artística. Pero ese trabajo de interpretación, que es una forma de la imaginación, combina dos impulsos casi contrarios: el intento por mantener significados y la resignación a traicionarlos. Traducir deja siempre una sensación de fracaso, no sólo por aquello que se pierde entre un idioma y otro, sino por todo lo que no se puede trasladar del mundo en que un poema fue escrito al mundo en que se lee.

Queremos que las palabras viajen, pero a veces se siente como si estuviéramos enseñando a un hipopótamo a volar.

Al momento de traducir un poema, hay que buscar un lenguaje equivalente, respetar ritmos, cadencias y conservar más o menos intacto el contenido (el fondo, digamos, si eso existe). Pero como la observancia simultánea de las tres reglas no es posible, el traductor se enfrenta siempre a un dilema entre volverse invisible y suspender al máximo los límites de su lectura para mantener los versos apegados al original –aunque esto implique perder algo de la belleza del lenguaje en el proceso– o traducir más libremente, dándole prioridad a esa belleza, y sacrificar exactitud en el sentido de lo escrito.

¿Cómo se resuelve este dilema?

Un romántico diría que la poesía no es la materia de lo escrito, sino su espíritu. No importa entonces encontrar la palabra perfecta, importa que en la traducción se conserve algo tan vago como un espíritu. Pero, de existir, ¿no estaría ese espíritu íntimamente ligado con el lenguaje? Si cambiamos de lenguaje, ¿no estamos en automático cambiando de espíritu, y por lo tanto transformando radicalmente lo escrito?

Naturalmente, no tengo respuesta alguna.

Comparto mesa, al momento de escribir estas líneas, con tres personas que aman la poesía. Cuando lanzo la pregunta ¿ustedes creen que se puede traducir un poema? recibo de inmediato una mirada fulminante de uno de ellos, que justamente se encuentra en medio de una traducción muy trabajosa. Todos reímos, pero la pregunta es genuina y yo insisto: ¿al traducir un poema no estamos de hecho escribiendo un poema diferente? Octavio Paz, por ejemplo, dijo alguna vez que su poesía mejoraba en las traducciones de Eliot Weinberger. Si eso es cierto (lo es), ¿traducciones así no son realmente poemas nuevos que habría que celebrar en una dimensión aparte?

Y eso nos regresa al principio: ¿es posible traducir poesía?

No, pero eso no significa que debamos dejar de intentarlo.

Un pensamiento en “¿Es posible traducir poesía?

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