Yo creía que mi papá era Carlos Santana

Por Aurelia Cortés Peyron

Creo que la infancia es la fase más cercana al estado onírico. Por eso mismo, la infancia, para mí, es de donde provienen las asociaciones metafóricas más libres. La infancia es surrealista sin saberlo y, también, una exploración intuitiva de la metáfora. Asociar un rostro con una identidad es una de las acciones metafóricas más tempranas en el crecimiento de un niño; la fascinación humana por las máscaras muy probablemente tenga que ver con el miedo que infunde el vacío entre apariencia y ser, un vacío que llenamos con nombres. Pero también esta ambigüedad permite la plasticidad en la imaginación metafórica, está en la base de la sorpresa infantil y se convierte en símbolo en los sueños.

Cuando éramos niños, las vacaciones de verano siempre las pasábamos en la misma playa, en Puerto Vallarta. El camino era igual de emocionante que llegar por fin al mar verdoso de Bucerías. Íbamos en la Blazer azul de mis abuelos, comiendo sándwiches y escuchando dos o tres casetes en loop. Uno de ellos era Milagro, de Carlos Santana. Yo creía que mi papá era Carlos Santana. Santana  Dec 1969 Altamont   sheet 492 frame 36

Mi mamá creía que su tío era Cri-Cri; mi amiga Ale, que su papá era Salinas de Gortari (cuando su papá estaba lejos, la reconfortaban prendiendo la tele mientras el presidente daba un discurso). También tenía la certeza de que mi tía era el hombre de hojalata de El mago de Oz: sus labios pintados y su color de piel (plateado, pero, en cualquier caso, distinto del mío) eran suficientes para hacer la asociación. Ahora que lo pienso, toda la narración de El mago de Oz parte precisamente de la puesta en escena de una imaginación infantil, aunque febril, donde la familia y los vecinos son los protagonistas. Estoy segura de que, si extendiera mi encuesta, podría juntar una colección considerable de estas falsas identificaciones infantiles.

Estuve pensando en estos días, al comprobar la noción de que la vejez es un regreso a la infancia, que los ancianos regresan a la lógica de los sueños conforme se van nublando sus capacidades y que las identidades también se vuelven lábiles hacia el final de la vida. Escuchan llegar a los seres queridos, ya difuntos, y con la crueldad de los niños confunden a su hijo, el que está, con el hijo favorito, el que no está. Por una especie de indulgencia, necesidad de reconciliación u otro fenómeno de la memoria se congelan en un momento pasado, a veces más feliz. El salto aquí es más temporal, como si se borraran los rasgos de una cara para dejar ver la anterior. diagramavenn_aurelia

En mi recuerdo infantil sabía que eran dos personas, pero esa separación no era lo más relevante, no entraban en juego factores espacio-temporales porque el parecido, la extraña afinidad que yo encontraba entre la guitarra de Santana o tal vez su voz, y el bigote de mi papá, el placer con el que fumaba y fruncía el entrecejo en su camisa estampada, vacacional, superaban cualquier entramado lógico. La causa de esta asociación podría ser simplemente la simultaneidad de la voz de Santana y la imagen de mi papá, al volante, en el espejo retrovisor, mientras la selva nos iba alcanzando.

Como en los sueños, era capaz de saber que dos identidades convivían o, más bien, convergían como el gajo central de un diagrama de Venn. Cuando narramos un sueño, abundan las aclaraciones de cómo se superponen tiempos y rostros («era él, pero también era mi compañero de banca de la secundaria»). Muchas veces, al reconstruir el sueño en la vigilia hay que aceptar las reglas que ya despiertos nos parecen incongruentes, irracionales y a veces chuscas o macabras. Solemos hacerlo con verbos de obligación como «había que…» o «tenía que…», conjugados entre los límites difusos del copretérito.

milagro_aureliaLas reglas se conocen a medias y las finalidades casi siempre son desconocidas. Funciona igual cuando escribo. Hay asociaciones que se sienten filiales o genéticas, ideas que son hijas o hermanas. Hay otras que se relacionan más por contigüidad (los esquemas de metáfora y metonimia que alguna vez vi en la carrera me vienen a la mente, aunque difusos). Funciono por asociaciones porque éstas me ayudan a poner y desprender máscaras que hagan más inteligible la identidad de los objetos y personas que me rodean. Alterno, en este sentido, entre la acuarela de la vejez, la que busca significado en dejar atisbos del papel en blanco, y el óleo de la infancia, la superposición de gestos, rasgos y voces en capas densas, indistinguibles.

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