Síndrome de impostora

Por María Richardson

Cuando me presento, lo primero que digo, a manera de disculpa o advertencia, es que soy bastante pocha. Más que ser el satélite que orbita un solo idioma, afectada por la gravedad constante o intermitente de un segundo o tercer idioma, floto casi equidistante entre el inglés y el español, a veces más cercana al inglés, a pesar de haber nacido y crecido en México. Y si me tardo en responder es porque me estoy traduciendo, ya sea del inglés o de aquel espacio inasible del pensamiento.

Mi bilingüismo es distinto a otros por ser producto del privilegio. Fui a un colegio privado en Monterrey que enseña hasta las matemáticas y la cívica en inglés. Como es común en esos espacios, mi cultura popular fue también muy agringada. Recuerdo con cariño tanto el altar de muertos en casa de mis abuelos como las películas de Halloween de Mary Kate y Ashley Olsen. Confieso en alguna ocasión haber entretenido a mis compañeras de clase de baile (muchas angloparlantes, pero no todas con experiencia de asambleas binacionales) cantando el Star-Spangled Banner.

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Imagen cortesía del suplemento de sociales Sierra Madre, de El Norte.

Con este patriotismo usurpado me mudé a Estados Unidos a estudiar la carrera. A mis compañeras estadounidenses les sorprendía que me supiera las leyendas de George Washington y que nunca hubiera llevado ciencias sociales en español. Les explicaba que en México aún no valoramos mucho las lenguas indígenas y que, especialmente en las ciudades del norte, el inglés es de rigor para mantener o elevar el estatus y posibilidades. Les mostraba entonces los anuncios de las revistas sociales que invitan a un mundo de lujo al que sólo se puede ingresar en inglés: Sky Living! Fashion Hall! y los libros de texto de ingeniería en inglés que se asignan en universidades mexicanas.

Defendía y defiendo aún el estudio del inglés como lingua franca, clave para acceder a tantas ideas, conversaciones y recursos, pero lo reconozco también como herramienta para discriminar, como medalla de privilegio. En Estados Unidos, el francés funciona de manera similar, pero el estatus del español, sabemos, es más complejo.

Cualquiera que sea el origen y estatus de cada bilingüismo, hay muchos estudios que muestran sus ventajas. Mejores habilidades metalingüísticas, por ejemplo, o la posibilidad de una empatía expandida.  Por éstas y otras razones, agradezco poder vivir en dos idiomas. Pero también es verdad que me siento extranjera en ambas lenguas y culturas. Siento y pierdo el ritmo tanto en inglés como en español. Me temo incompleta en ambas. Sería quizá menos problemático si me dedicara a negocios internacionales, pero con esta vocación la tente de escritora, vivo con un exaltado síndrome de impostora.

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Combato este síndrome siendo pocha. Si platico con mexicanos angloparlantes, respondo a veces en inglés. Será en parte por flojera, pero es también por no comprometer cierta autenticidad, por no tener que traducir el primer impulso verbal. O bromeo con una traducción literal: cambio mi mente sobre poner todos mi huevos en la misma canasta lingüística. Y aunque tengo mis estrategias para acercarme a una lengua u otra (leer el New Yorker o la Jornada, Virginia Woolf o Elena Garro), veo cómo se van mezclando. Mi español tiene molde anglosajón, mi inglés tiene esencia castellana.

Por muchos años sentí que tenía que elegir entre el idioma de mi familia o el de Bill Nye, the Science Guy. Cargaba la idea, que alguien me mencionó casualmente, que si se habla un idioma en casa y otro en la escuela, se crea una división de personalidad, se aprende a asociar los sentimientos con una lengua y lo intelectual con otra. Esta teoría coronó mi neurosis. Concluí que, más que existir en ambos idiomas, tendría que elegir.. Si quería expresarme en español, tendría que revivir toda mi educación: habría que estudiar precálculo y leer a Marx con acento latinoamericano y olvidarme del inglés. Como si el escritor debiera vivir en una pureza del idioma (como si el idioma no cambiara, como si no fuera esta idea de pureza la que ha permitido discriminar a inmigrantes y a autores de variantes menos privilegiadas de cualquier lengua).

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No puedo decir que me haya librado por completo del síndrome de impostora, pero sí he aprendido a vivir más a gusto en los espacios liminales de la identidad. Me ayuda pensar en todos los autores que han encontrado la manera de existir en el espacio entre lenguas y culturas. La literatura chicana/latina tiene muchos ejemplos de excelentes tejedores bilingües: Gloria Anzaldúa, Junot Díaz, Eduardo C. Corral. Leo también con alegría los cuentos en inglés de Daniel Alarcón que tienen lugar en espacios latinoamericanos y las escenas de suburbios americanos que Álvaro Enrigue describe en español. Y sé que hay una inmensa lista de autores marcados por la colonia inglesa (Derek Walcott, Chimamanda Ngozi Adichie) que tuvieron esa división inicial de lenguas: kwéyòl o igbo en casa, inglés en la escuela.

Habrá que modificar entonces mi metáfora inicial. Los idiomas no pueden ser planetas como el nuestro, densos y dibujables como esferas. Algo de efímeros o intangibles deben de tener al centro. Aunque me gusta la idea de poder orbitarlos, algo de viajeros deben tener también. Como la luz. Y una naturaleza dual, de partícula y de onda. Y que al mezclarse, como las ondas, aunque el proceso sea de resta, nos muestren colores nuevos.

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